viernes, 7 de septiembre de 2007

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Desde el decimoctavo piso de un edificio en construcción, Julio Abrochante observaba la ciudad. El local a medio acabar, con sus paredes y suelos de cemento desnudo, el frío nocturno que le transmitía el cristal del gran ventanal, la visión de la urbe, el silencio, llenaban el corazón de Julio de una esperanza crepuscular. El firme que pisaba con sus pies era el terreno abonado, a punto de ser sembrado, de lo que sería su nueva vida. Y en estos momentos sentía una euforia contenida, íntima, que nacía de las penalidades y de las cadenas de lo que consideraba ya la vida de un antepasado suyo, siendo, sin embargo, la suya propia. No era casualidad que fuera el decimoctavo piso.

En poco tiempo, lo sabía con certeza, sería el hombre más influyente de la ciudad.

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